martes, 16 de febrero de 2016

LECTURAS QUE APLICAN EN OLIMPIADA DEL CONOCIMIENTO.

EL ADIÓS
                                                                                                         Para la maestra Dolores Rodríguez González.
*
Mi mamá dice que ese día podía escuchar las carreras de Lore, que iba de un lado a otro de su casa. Todavía no daban las seis de la mañana, pero se comprende que su amiga quería estar lista a tiempo para la ceremonia de fin de cursos. Déjame decirte que entre la casa de Lore y la de mamá había una callejuela que hasta el día de hoy llaman “El callejón”, así que las carreras de su amiga se escuchaban de una casa a otra. ¡Imagínate!
No era un día cualquiera. En la ceremonia tocaba a mamá dar las gracias a las maestras y maestros, y decir adiós a sus compañeros. Antes, Lore leería la historia de Plan de la Palma, su pueblo.
Mamá recuerda que no pudo dormir por los nervios, pero fingió despertar cuando i abuelo encendió el radio, poquito antes de las seis de la mañana. Como siempre, al principio solo se escuchaban unos ruidos extraños, como llegados del espacio, pero a la hora en punto empezó a sonar el Himno Nacional. Cuando acabó, la voz clara y sonora de todas las mañanas dijo: “XE-VER transmitiendo al mar y tierra adentro desde Poza Rica, Veracruz, con diez mil watts de potencia”. A mamá siempre le inquietaba ese mensaje: ¿qué lugar era Poza Rica?, ¿qué era eso de diez mil watts?  y  ¿quién iba a escuchar la radio en el mar?.... Enseguida, una segunda voz dijo: “Hoy es viernes 26 de julio. Faltan 78 días para que inicien los Juegos Olímpicos, México 68”.
Si, era 1968 y mamá tenía tu edad. Terminaba con promedio de 10 limpiecito y su maestra le decía que debía estudiar la secundaria. Has de saber que cuando mamá salió de sexto, la secundaria no era obligatoria como ahora, y en Plan de la Palma más bien era raro que las niñas estudiaran. Por eso la maestra habló con mis abuelos: Don José, doña Lidia, esta niña vale oro. Ojalá puedan mandarla a estudiar la secundaria. Sé que su hermana mayor está en Puebla, allá podría estudiar. Le harán mucho bien. No se arrepentirán”:
En un álbum que mamá me enseñaba de vez en  cuando, hay una de las fotos que se tomó para el certificado de estudios. Tiene el cabello recogido y una blusa blanca. No se puede decir que esté sonriendo, pero no está seria. Como en Plan de la Palma no había dónde sacarse la foto, los padres de familia buscaron un fotógrafo en Teziutlán que pudiera ir a la escuela para fotografiar a los 12 alumnos que salían de sexto. Por su apellido, mamá fue la primera en sacarse la foto. “¿Qué se siente?, le preguntaron sus amiga. “Nada”, contestó encogiendo los hombros.
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Pero ya me desvié…, voy de regreso. Regreso. Testaba contando que Lore andaba a  las carreras para estar lista. Quería presentarse bien limpia y arreglada para leer el resumen. Tanto había ensayado que hasta mamá sabía el texto de memoria: “El 11 de octubre de 1885 se expidió el acta de fundación de Plan de la Palma, con lo que nuestro pueblo adquirió existencia jurídica…”.
Pasadas las siete y veinte de ese día, mamá salió de su casa junto con mis abuelos. Al mismo tiempo salían Lore y sus  papás.  Las dos amigas se adelantaron hacia la escuela; mi abuelo y don Adán  –el papá de Lore- emparejaron el paso, lo mismo hicieron mi abue y doña Quilla. Era una mañana de verano. El viento que venía del mar levantaba el olor de los naranjos, las gardenias y el “huele bonito”. Mamá puso la cara contra el viento para no despeinarse.
Las amigas llegaron a la calzada de piedra que conducía hasta la entrada de la escuela. Como la puerta siempre estaba abierta, entraron rumbo a su salón. La escuela solo tenía seis aulas, una para cada grado. Su salón era el último.
Tampoco cerraban los salones. Mamá y Lore entraron. Un murciélago daba vueltas adentro buscando la salida. Abrieron la puerta de par en par y el bicho salió zigzagueando. ¿Tú has visto murciélagos? Yo sí y muchas veces. Como ahora la casa donde vivió mamá de niña está sola por largas temporadas, cuando la visitamos no falta que algún murciélago se haya metido con la intención de anidarse. Entonces mamá toma una escoba y ¡pas, pas, pas!, saca al intruso de la casa.
Aquella mañana, el pizarrón todavía mostraba el problema de Matemáticas que había puesto la maestra el día anterior. No le había dado tiempo de resolverlo; así que mamá tomó un pedacito de gis y comenzó a analizarlo, mientras Lore repetía: “El 11 de octubre de 1885 se expidió el acta de fundación de Plan de la Palma, con lo que nuestro pueblo adquirió existencia jurídica…”.
Lore iba a leer que la historia de Plan de la Palma comenzó con un pequeño grupo de personas, las cuales se congregaron a orillas del río Zempoala por el año de 1870, a más de un kilómetro de donde se encuentra el pueblo actualmente. Era una planicie fértil a la que llamaron “La Rivera”. Las tierras daban maíz en abundancia, plátanos, papayas, mangos y mamey; los animales tenían donde pastar; sobraba leña en el monte, había pesca y el agua de las pozas era cristalina.
Pero una ocasión las nubes se descargaron violentamente sobre las montañas y el río se cargó como nunca. Unas horas después el torrente destruyó el lugar. Los vecinos tuvieron que buscar donde vivir. Así se establecieron en una parte más elevada, aunque también  cercana al río. Tomaron la decisión de que ahí  levantarían sus casas y que las tierras de cultivo estarían en los alrededores. Al padre de mi abuelo –mi bisabuelo- se le asignaron tierras a varias leguas de distancia, en una región de pequeñas colinas, por eso nombró su propiedad “Rancho Cuatro Lomas”. Si quieres, un día te llevo a conocerlo. ¡Ah!, pero hay que caminar como una hora desde el pueblo. O nos vamos a caballo. ¿Sabes montar? Si no, yo te enseño. Aprenderás en un dos por tres.
 ¡Me volví a desviar! Las muchas hojas de la historia estaban resumidas en una página. Leónidas, uno de los alumnos sexto, anunció: “Ahora, nuestra compañera Lorena Nochebuena leerá un resumen de la historia de Plan de la Palma. Originalmente, la historia fue escrita por don Adán, su papá”. Él, entre los demás padres de familia, se quitó el sombrero en señal de saludo.
Lore dio unos pasos al frente. No creas que había micrófono. En aquella época, en el pueblo ni siquiera había luz, que iba a haber un micrófono. Volteó a ver a la maestra; enseguida a mamá. Con la mirada le dijeron “¡Adelante!”. Lore leyó el texto levantando la voz. La emoción que sentía la obligó a detenerse dos veces. Se le hizo un nudo en la garganta. Cuando terminó sentía que para ella había pasado un instante; los habitantes sentían que había pasado toda su historia.
Ahora venía el turno de mamá. Era la primera vez que sentía tanta nostalgia, pues por primera vez diría adiós para siempre. Se paró al centro de la escuela, erguida, firme. Su uniforme era blanco y brillante como las nubes que se iban amontonando en el cielo. Respiró con fuerza. Ahí estaba el olor de los naranjos, las gardenias, el “huele bonito”, traídos por el viento que la despeinaba.
Miró la escolta integrada por sus compañeros de grupo. Chiris, la capitana, Pucho abanderada, Paulo y Andrés en los flancos. Miró la escolta de quinto grado que había recibido la bandera unos minutos antes. ¡Qué pequeños se veían! Hasta Feliciano que, aunque era alumno de quinto era el niño más alto del pueblo…
Miró al resto de la escuela, cada grupo con su maestra o maestro. Sus ojos descubrieron a los padres de familia, quienes estaban alineados, como si hubieran ensayado. El silencio hubiera sido total de no ser porque a “El Manchas”, el perro de mi abuelo, se le ocurrió echar al aire dos ladridos para hacerse notar.
Mamá empezó: “Maestra Directora, queridas maestras y maestros, compañeras y compañeros de mi grupo y niñas y niños de la escuela, padres de familia. VENGO a decir tres  palabras. Pero antes quiero agradecer al pueblo su gran esfuerzo para hacer esta escuela. La pared que está a espaldas donde dice “Escuela Primaria Ignacio Allende”, fue levantada por mi padre; y mi madre PLANTÓ los rosales que crecen al pie. Como los míos, todos los papás y mamás ayudaron a levantar la escuela. Organizados en cuadrillas, unos hacían los cimientos, mientras otros COLOCABAN la cerca: después, unos aplanaban las paredes, mientras otros hacían las puertas. Recuerdo que HUBO fiesta el día que terminó la construcción. Yo era muy pequeña, pero me acuerdo. Hoy tengo el orgullo de pertenecer a la primera generación que sale de sus aulas. Es justo reconocer su esfuerzo.
He dicho que vengo a decirles tres palabras; pero antes quiero dar las gracias a mis maestras y maestros por haberme enseñado. Especialmente a mi maestra de sexto, que siempre será ‘La maestra Lolita’. Tal vez un día esta escuela lleve su nombre. Se lo merece”.
La voz de mamá se escucha segura. Los movimientos de sus brazos y manos acompañaban sus palabras: era como una declamación. Lore Tenía los ojos cuajados de lágrimas a punto de rodar. Se abrazó a la Maestra Lolita, que la apretó contra su pecho. Mi abue tenía más nostalgia que mamá: ella que no tuvo escuela a dónde ir.
“Las palabras salen de mi pecho –dijo mamá-. Son Tres: ¡Adiós, buena suerte!”.
Mamá bajó los brazos delicadamente, en medio de un silencio que los sollozos fueron rompiendo poco apoco. La Maestra Directora avanzó unos pasos y empezó a aplaudir. Todos la siguieron. Mamá hizo una pequeña reverencia. El estruendo de aplausos hizo que unas garzas levantaran el vuelo en dirección al río. “El Manchas” volvió a ladrar y con él otros perros. A su manera, también estaban emocionados.
***
Cuando mamá regreso a su casa, encontró un paquete en la mesa del comedor. Solo su hermana – mi tía- podía haberlo llevado porque estaba envuelto en papel estampado de flores y tenía un moño, como todos los regalos que ella llevaba desde Puebla. Bertha salió de su escondite aplaudiendo. Enseguida besó a mis abuelos y abrazó a mamá. “No me vieron en la escuela”, les dijo. “Bien que me escondí”. Se dirigió a mamá: “Me hiciste llorar…¡A mí y a todos!”.
Casi acababa de llegar al pueblo. No podía perderse la ceremonia de fin de cursos, único tema de las cartas que mamá le había estado escribiendo. A las seis de la mañana salió a caballo de Reyes de Vallarta para llegar a Plan de la Palma a las ocho. Ni un buen jinete hacía dos horas de camino, pero ella tenía que estar a tiempo para ver a mamá. Llegó a casa de su madrina para no ser vista y de ahí se dirigió a la escuela. Después se adelantó, puso el regalo en la mesa y se escondió detrás de un armario.
¿Quieres saber que había en el paquete? Pues te lo cuento: un vestido de tirantes, apropiado para los días de calor. Mamá se metió a su pieza, se quitó el uniforme y …¡Adivinaste!: se lo estrenó. Así muy cambiada, salió a almorzar.
El almuerzo fue especial: arroz, guajolote en mole de clavo y canela, y de postre: granadas y manjar. Después de hablar de la ceremonia y de la cabalgata, mi abue le dijo a Bertha: “Hija, cuéntanos de Puebla”. Y mi tía se puso a platicar horas y horas.
Parecía terminar la conversación al mismo tiempo que el almuerzo, cuanto mi abue se levantó de la mesa para servir café: Regresó a su silla y miro a mi abuelo. Mamá supo que iba a decir algo importante. “No me gusta separarme de ti –dijo mirando a mamá-, pero hemos decidido que te vayas a Puebla con tu hermana. Allá podrás estudiar la secundaria”.
Mamá esperaba esa noticia, pero ahora que la escuchaba el mundo le dio vueltas. ¿Y Lore? ¿Y sus otras amigas? ¿Y quién va a regar las gardenias del jardín? ¿Y quién se va a mecer en el columpio que cuelga de la higuera? ¿Y quién va a asear su pieza? ¿Y quién va a cortar las naranjas de la huerta? ¿Y quién va a ponerle petróleo a los candiles? ¿Y qué va a ser de “El Manchas”? ¿Y qué lugar es Puebla? ¿Hay garzas, pericos, murciélagos…?
¡Quién sabe que siguió diciendo mi abuelo! El chiste es que mamá acabó haciendo una maleta con algo de ropa para salir al día siguiente rumbo a Puebla. Si se acostumbraba, se inscribiría en la secundaria y seguiría estudiando…
Otra noche sin dormir. Tic-tac, tic-tac, tic-tac; el Himno Nacional; México 68; y por fin los caballos que se detenían afuera: Ciclón y Brisa. Lore estaría dormida. Mis abuelos acompañaron a sus hijas hasta el límite del pueblo, ahí desde donde se ve lo que fue “La Rivera”. El resto del camino las acompañaría don Cahui, el caballerango. Aún no amanecía. Venus brillaba más que el millón de estrellas que había en el cielo. El viento estaba quieto y uno que otro gallo cantaba su quiquiriquí.
Mi abuelo apretó las reatas que sujetaban el equipaje. Tomó las manos de Bertha y le dijo: “Dice la Maestra Lolita que esta niña vale oro, ayúdame a hacerla brillar”. Enseguida tomó las manos de mamá y las besó. Mi abue se estiró para despedirse de ella. Al tomar su mano le dejó una semilla en la palma diciéndole: “¿Quién diría que de algo tan pequeño nace un cedro? Yo no soy un cedro pero tú si eres una semilla”. Mucho tiempo después mamá comprendió el mensaje de mi abue. A una señal de mi abuelo, don Cahui hizo avanzar a los caballos. “Adiós”, dijo mamá.
****
Unas semanas después, mi tía y mamá viajaron de Puebla a la Ciudad de México para estar en la inauguración de los Juegos Olímpicos. Cuando mamá tuvo a la vista en el Estadio Olímpico de la Ciudad Universitaria se hizo un juramento: “¿Voy a estudiar aquí?”. Entonces era como un sueño, pero tú sabes que las cosas comienzan así: con un sueño.
Cuando –muchos años después- hizo el examen para ingresar a la Universidad, llevaba tres cosas en un morralito de lana: una carta de mi abuelo, el boleto con el que entró al estadio aquella vez y la semilla que le dio mi abue. Un día me dijo: “Me preparé muy bien para el examen, pero un poquito de suerte no le hace mal a nadie”.
Ahora mi papá trae “La semilla de la buena suerte” en el coche, en una bolsita de piel. Cuando vamos a Plan de la Palma lo primero que hace es ponerla en la mesa donde mi tía Bertha puso el regalo que te platiqué. “Para que se recargue”, dice él bromeando. La vez pasada que fuimos, apenas el fin de año, iba a ponerla en la mesa como siempre, cuando pegó un brinco espantado: en ese mismo lugar estaba un murciélago, muy quitado de la pena. Mamá y yo nos reímos.

Felipe Mejía, Relatos nostálgicos para niñas y niños.



4 comentarios:

  1. Qué hermoso relato! Pareciera que fue escrito por alguien que me conoció de pequeño; algo cercano a mi realidad. Estas lecturas breves ayudan mucho porque reforestan el alma.

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  2. Esta lectura se uso para el examen oci en Tabasco 2020.

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  3. Cuáles otros relatos tiene Felipe mejía

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