EL ADIÓS
Para
la maestra Dolores Rodríguez González.
*
Mi mamá dice que ese día podía
escuchar las carreras de Lore, que iba de un lado a otro de su casa. Todavía no
daban las seis de la mañana, pero se comprende que su amiga quería estar lista
a tiempo para la ceremonia de fin de cursos. Déjame decirte que entre la casa
de Lore y la de mamá había una callejuela que hasta el día de hoy llaman “El
callejón”, así que las carreras de su amiga se escuchaban de una casa a otra.
¡Imagínate!
No era un día cualquiera. En la
ceremonia tocaba a mamá dar las gracias a las maestras y maestros, y decir
adiós a sus compañeros. Antes, Lore leería la historia de Plan de la Palma, su
pueblo.
Mamá recuerda que no pudo dormir por
los nervios, pero fingió despertar cuando i abuelo encendió el radio, poquito
antes de las seis de la mañana. Como siempre, al principio solo se escuchaban
unos ruidos extraños, como llegados del espacio, pero a la hora en punto empezó
a sonar el Himno Nacional. Cuando acabó, la voz clara y sonora de todas las
mañanas dijo: “XE-VER transmitiendo al mar y tierra adentro desde Poza Rica,
Veracruz, con diez mil watts de potencia”. A mamá siempre le inquietaba ese
mensaje: ¿qué lugar era Poza Rica?, ¿qué era eso de diez mil watts? y
¿quién iba a escuchar la radio en el mar?.... Enseguida, una segunda voz
dijo: “Hoy es viernes 26 de julio. Faltan 78 días para que inicien los Juegos
Olímpicos, México 68”.
Si, era 1968 y mamá tenía tu edad.
Terminaba con promedio de 10 limpiecito y su maestra le decía que debía
estudiar la secundaria. Has de saber que cuando mamá salió de sexto, la
secundaria no era obligatoria como ahora, y en Plan de la Palma más bien era
raro que las niñas estudiaran. Por eso la maestra habló con mis abuelos: Don
José, doña Lidia, esta niña vale oro. Ojalá puedan mandarla a estudiar la
secundaria. Sé que su hermana mayor está en Puebla, allá podría estudiar. Le
harán mucho bien. No se arrepentirán”:
En un álbum que mamá me enseñaba de
vez en cuando, hay una de las fotos que
se tomó para el certificado de estudios. Tiene el cabello recogido y una blusa
blanca. No se puede decir que esté sonriendo, pero no está seria. Como en Plan
de la Palma no había dónde sacarse la foto, los padres de familia buscaron un
fotógrafo en Teziutlán que pudiera ir a la escuela para fotografiar a los 12
alumnos que salían de sexto. Por su apellido, mamá fue la primera en sacarse la
foto. “¿Qué se siente?, le preguntaron sus amiga. “Nada”, contestó encogiendo
los hombros.
**
Pero ya me desvié…, voy de regreso.
Regreso. Testaba contando que Lore andaba a
las carreras para estar lista. Quería presentarse bien limpia y
arreglada para leer el resumen. Tanto había ensayado que hasta mamá sabía el
texto de memoria: “El 11 de octubre de 1885 se expidió el acta de fundación de
Plan de la Palma, con lo que nuestro pueblo adquirió existencia jurídica…”.
Pasadas las siete y veinte de ese
día, mamá salió de su casa junto con mis abuelos. Al mismo tiempo salían Lore y
sus papás. Las dos amigas se adelantaron hacia la
escuela; mi abuelo y don Adán –el papá
de Lore- emparejaron el paso, lo mismo hicieron mi abue y doña Quilla. Era una
mañana de verano. El viento que venía del mar levantaba el olor de los
naranjos, las gardenias y el “huele bonito”. Mamá puso la cara contra el viento
para no despeinarse.
Las amigas
llegaron a la calzada de piedra que conducía hasta la entrada de la escuela.
Como la puerta siempre estaba abierta, entraron rumbo a su salón. La escuela
solo tenía seis aulas, una para cada grado. Su salón era el último.
Tampoco cerraban
los salones. Mamá y Lore entraron. Un murciélago daba vueltas adentro buscando
la salida. Abrieron la puerta de par en par y el bicho salió zigzagueando. ¿Tú
has visto murciélagos? Yo sí y muchas veces. Como ahora la casa donde vivió
mamá de niña está sola por largas temporadas, cuando la visitamos no falta que
algún murciélago se haya metido con la intención de anidarse. Entonces mamá
toma una escoba y ¡pas, pas, pas!, saca al intruso de la casa.
Aquella mañana,
el pizarrón todavía mostraba el problema de Matemáticas que había puesto la
maestra el día anterior. No le había dado tiempo de resolverlo; así que mamá
tomó un pedacito de gis y comenzó a analizarlo, mientras Lore repetía: “El 11
de octubre de 1885 se expidió el acta de fundación de Plan de la Palma, con lo
que nuestro pueblo adquirió existencia jurídica…”.
Lore iba a leer
que la historia de Plan de la Palma comenzó con un pequeño grupo de personas,
las cuales se congregaron a orillas del río Zempoala por el año de 1870, a más
de un kilómetro de donde se encuentra el pueblo actualmente. Era una planicie
fértil a la que llamaron “La Rivera”. Las tierras daban maíz en abundancia,
plátanos, papayas, mangos y mamey; los animales tenían donde pastar; sobraba
leña en el monte, había pesca y el agua de las pozas era cristalina.
Pero una ocasión
las nubes se descargaron violentamente sobre las montañas y el río se cargó como
nunca. Unas horas después el torrente destruyó el lugar. Los vecinos tuvieron
que buscar donde vivir. Así se establecieron en una parte más elevada, aunque
también cercana al río. Tomaron la
decisión de que ahí levantarían sus
casas y que las tierras de cultivo estarían en los alrededores. Al padre de mi
abuelo –mi bisabuelo- se le asignaron tierras a varias leguas de distancia, en
una región de pequeñas colinas, por eso nombró su propiedad “Rancho Cuatro
Lomas”. Si quieres, un día te llevo a conocerlo. ¡Ah!, pero hay que caminar
como una hora desde el pueblo. O nos vamos a caballo. ¿Sabes montar? Si no, yo
te enseño. Aprenderás en un dos por tres.
¡Me volví a desviar! Las muchas hojas de la
historia estaban resumidas en una página. Leónidas, uno de los alumnos sexto,
anunció: “Ahora, nuestra compañera Lorena Nochebuena leerá un resumen de la
historia de Plan de la Palma. Originalmente, la historia fue escrita por don
Adán, su papá”. Él, entre los demás padres de familia, se quitó el sombrero en
señal de saludo.
Lore dio unos
pasos al frente. No creas que había micrófono. En aquella época, en el pueblo
ni siquiera había luz, que iba a haber un micrófono. Volteó a ver a la maestra;
enseguida a mamá. Con la mirada le dijeron “¡Adelante!”. Lore leyó el texto
levantando la voz. La emoción que sentía la obligó a detenerse dos veces. Se le
hizo un nudo en la garganta. Cuando terminó sentía que para ella había pasado
un instante; los habitantes sentían que había pasado toda su historia.
Ahora venía el
turno de mamá. Era la primera vez que sentía tanta nostalgia, pues por primera
vez diría adiós para siempre. Se paró al centro de la escuela, erguida, firme.
Su uniforme era blanco y brillante como las nubes que se iban amontonando en el
cielo. Respiró con fuerza. Ahí estaba el olor de los naranjos, las gardenias,
el “huele bonito”, traídos por el viento que la despeinaba.
Miró la escolta
integrada por sus compañeros de grupo. Chiris, la capitana, Pucho abanderada,
Paulo y Andrés en los flancos. Miró la escolta de quinto grado que había
recibido la bandera unos minutos antes. ¡Qué pequeños se veían! Hasta Feliciano
que, aunque era alumno de quinto era el niño más alto del pueblo…
Miró al resto de
la escuela, cada grupo con su maestra o maestro. Sus ojos descubrieron a los
padres de familia, quienes estaban alineados, como si hubieran ensayado. El
silencio hubiera sido total de no ser porque a “El Manchas”, el perro de mi
abuelo, se le ocurrió echar al aire dos ladridos para hacerse notar.
Mamá empezó:
“Maestra Directora, queridas maestras y maestros, compañeras y compañeros de mi
grupo y niñas y niños de la escuela, padres de familia. VENGO a decir tres palabras. Pero antes quiero agradecer al
pueblo su gran esfuerzo para hacer esta escuela. La pared que está a espaldas
donde dice “Escuela Primaria Ignacio Allende”, fue levantada por mi padre; y mi
madre PLANTÓ los rosales que crecen al pie. Como los míos, todos los papás y
mamás ayudaron a levantar la escuela. Organizados en cuadrillas, unos hacían
los cimientos, mientras otros COLOCABAN la cerca: después, unos aplanaban las paredes,
mientras otros hacían las puertas. Recuerdo que HUBO fiesta el día que terminó
la construcción. Yo era muy pequeña, pero me acuerdo. Hoy tengo el orgullo de
pertenecer a la primera generación que sale de sus aulas. Es justo reconocer su
esfuerzo.
He dicho que
vengo a decirles tres palabras; pero antes quiero dar las gracias a mis
maestras y maestros por haberme enseñado. Especialmente a mi maestra de sexto,
que siempre será ‘La maestra Lolita’. Tal vez un día esta escuela lleve su
nombre. Se lo merece”.
La voz de mamá
se escucha segura. Los movimientos de sus brazos y manos acompañaban sus
palabras: era como una declamación. Lore Tenía los ojos cuajados de lágrimas a
punto de rodar. Se abrazó a la Maestra Lolita, que la apretó contra su pecho.
Mi abue tenía más nostalgia que mamá: ella que no tuvo escuela a dónde ir.
“Las palabras
salen de mi pecho –dijo mamá-. Son Tres: ¡Adiós, buena suerte!”.
Mamá bajó los
brazos delicadamente, en medio de un silencio que los sollozos fueron rompiendo
poco apoco. La Maestra Directora avanzó unos pasos y empezó a aplaudir. Todos
la siguieron. Mamá hizo una pequeña reverencia. El estruendo de aplausos hizo
que unas garzas levantaran el vuelo en dirección al río. “El Manchas” volvió a
ladrar y con él otros perros. A su manera, también estaban emocionados.
***
Cuando mamá
regreso a su casa, encontró un paquete en la mesa del comedor. Solo su hermana
– mi tía- podía haberlo llevado porque estaba envuelto en papel estampado de
flores y tenía un moño, como todos los regalos que ella llevaba desde Puebla.
Bertha salió de su escondite aplaudiendo. Enseguida besó a mis abuelos y abrazó
a mamá. “No me vieron en la escuela”, les dijo. “Bien que me escondí”. Se
dirigió a mamá: “Me hiciste llorar…¡A mí y a todos!”.
Casi acababa de
llegar al pueblo. No podía perderse la ceremonia de fin de cursos, único tema
de las cartas que mamá le había estado escribiendo. A las seis de la mañana
salió a caballo de Reyes de Vallarta para llegar a Plan de la Palma a las ocho.
Ni un buen jinete hacía dos horas de camino, pero ella tenía que estar a tiempo
para ver a mamá. Llegó a casa de su madrina para no ser vista y de ahí se
dirigió a la escuela. Después se adelantó, puso el regalo en la mesa y se
escondió detrás de un armario.
¿Quieres saber
que había en el paquete? Pues te lo cuento: un vestido de tirantes, apropiado para
los días de calor. Mamá se metió a su pieza, se quitó el uniforme y
…¡Adivinaste!: se lo estrenó. Así muy cambiada, salió a almorzar.
El almuerzo fue
especial: arroz, guajolote en mole de clavo y canela, y de postre: granadas y
manjar. Después de hablar de la ceremonia y de la cabalgata, mi abue le dijo a
Bertha: “Hija, cuéntanos de Puebla”. Y mi tía se puso a platicar horas y horas.
Parecía terminar
la conversación al mismo tiempo que el almuerzo, cuanto mi abue se levantó de
la mesa para servir café: Regresó a su silla y miro a mi abuelo. Mamá supo que
iba a decir algo importante. “No me gusta separarme de ti –dijo mirando a
mamá-, pero hemos decidido que te vayas a Puebla con tu hermana. Allá podrás
estudiar la secundaria”.
Mamá esperaba
esa noticia, pero ahora que la escuchaba el mundo le dio vueltas. ¿Y Lore? ¿Y
sus otras amigas? ¿Y quién va a regar las gardenias del jardín? ¿Y quién se va
a mecer en el columpio que cuelga de la higuera? ¿Y quién va a asear su pieza? ¿Y
quién va a cortar las naranjas de la huerta? ¿Y quién va a ponerle petróleo a
los candiles? ¿Y qué va a ser de “El Manchas”? ¿Y qué lugar es Puebla? ¿Hay
garzas, pericos, murciélagos…?
¡Quién sabe que
siguió diciendo mi abuelo! El chiste es que mamá acabó haciendo una maleta con
algo de ropa para salir al día siguiente rumbo a Puebla. Si se acostumbraba, se
inscribiría en la secundaria y seguiría estudiando…
Otra noche sin
dormir. Tic-tac, tic-tac, tic-tac; el Himno Nacional; México 68; y por fin los
caballos que se detenían afuera: Ciclón y Brisa. Lore estaría dormida. Mis
abuelos acompañaron a sus hijas hasta el límite del pueblo, ahí desde donde se
ve lo que fue “La Rivera”. El resto del camino las acompañaría don Cahui, el
caballerango. Aún no amanecía. Venus brillaba más que el millón de estrellas
que había en el cielo. El viento estaba quieto y uno que otro gallo cantaba su
quiquiriquí.
Mi abuelo apretó
las reatas que sujetaban el equipaje. Tomó las manos de Bertha y le dijo: “Dice
la Maestra Lolita que esta niña vale oro, ayúdame a hacerla brillar”. Enseguida
tomó las manos de mamá y las besó. Mi abue se estiró para despedirse de ella.
Al tomar su mano le dejó una semilla en la palma diciéndole: “¿Quién diría que
de algo tan pequeño nace un cedro? Yo no soy un cedro pero tú si eres una
semilla”. Mucho tiempo después mamá comprendió el mensaje de mi abue. A una
señal de mi abuelo, don Cahui hizo avanzar a los caballos. “Adiós”, dijo mamá.
****
Unas semanas
después, mi tía y mamá viajaron de Puebla a la Ciudad de México para estar en
la inauguración de los Juegos Olímpicos. Cuando mamá tuvo a la vista en el
Estadio Olímpico de la Ciudad Universitaria se hizo un juramento: “¿Voy a
estudiar aquí?”. Entonces era como un sueño, pero tú sabes que las cosas comienzan
así: con un sueño.
Cuando –muchos
años después- hizo el examen para ingresar a la Universidad, llevaba tres cosas
en un morralito de lana: una carta de mi abuelo, el boleto con el que entró al
estadio aquella vez y la semilla que le dio mi abue. Un día me dijo: “Me
preparé muy bien para el examen, pero un poquito de suerte no le hace mal a
nadie”.
Ahora mi papá
trae “La semilla de la buena suerte” en el coche, en una bolsita de piel.
Cuando vamos a Plan de la Palma lo primero que hace es ponerla en la mesa donde
mi tía Bertha puso el regalo que te platiqué. “Para que se recargue”, dice él
bromeando. La vez pasada que fuimos, apenas el fin de año, iba a ponerla en la
mesa como siempre, cuando pegó un brinco espantado: en ese mismo lugar estaba
un murciélago, muy quitado de la pena. Mamá y yo nos reímos.
Felipe Mejía, Relatos nostálgicos para niñas y niños.
Qué hermoso relato! Pareciera que fue escrito por alguien que me conoció de pequeño; algo cercano a mi realidad. Estas lecturas breves ayudan mucho porque reforestan el alma.
ResponderBorrarDe que trata el relato el adios
ResponderBorrarEsta lectura se uso para el examen oci en Tabasco 2020.
ResponderBorrarCuáles otros relatos tiene Felipe mejía
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